Voy andando a todos los sitios del mundo. Pero la ciudad es un suplicio, a cada paso respiras el humo de los tubos de escape y respirar se convierte en una tarea difícil. Me pregunto cuál es la ventaja de no coger el autobús o el coche. No nos lo han puesto muy fácil a los que, como dice mi madre, “andamos corriendo a todos sitios”.
Si reuniese algunas entradas de esta bitácora y con ellas publicase un libro pensaría que es algo cutre. Existe la necesidad de escribir un libro sin necesidad de hacer un refrito de mí misma.
Cerca de mi casa he encontrado un teléfono móvil, he llamado al número de la agenda que decía “padre nuevo” y he supuesto que efectivamente había una relación de tipo familiar entre el dueño del teléfono y este contacto. Hace una hora un joven se ha acercado a mi casa a recoger su móvil. ¿Debería habérmelo quedado? Y es que en este país no se puede ser honrado sin dudar por un momento que eres de los pocos tontos que hay.
Nunca he visto el Sena, a decir verdad sólo he visto un río y medio en mi vida. El Ebro y el Segura, justamente un río y medio, porque el Segura está muerto en la mitad de su trayecto. Hay muchas cosas que no he visto en mi vida. Nunca he visto a una persona muerta, así de cerca. A algunos animales sí, como cuando atropellaron a la gata de mi hermana y cuando la toqué aún estaba caliente y respiraba un poco. Fue algo muy triste, por eso creo que ver a alguien muerto tiene que ser infinitamente más triste. Y eso me da realmente mucho miedo.
No sé cómo empezar porque casi no me lo creo. Pero lo cierto es que desde ayer ya tengo carné de conducir. Dicen que más vale tarde que nunca, ¿no?
Mi primo me ha pedido que le regale una PSP, y yo, para fastidiar le he comprado tres libros. ¡Feliz día del libro a todos!
Conozco sus pasos desde que pisa el parqué del pasillo. No suele ser puntual pero si algo tengo claro de esta mujer es que no le caigo en gracia. Eso es normal porque no suelo caer bien a mucha gente, cosa que por otro lado no me preocupa mucho a fuerza de acostumbrarse. Hoy está contenta porque me ha echado una sonrisa nada más entrar, habrá que ver al final de la jornada.
Mi lista de posesiones cabe en un metro cuadrado. Seamos modernos y no incluyamos allí ni a los amantes, ni a los familiares, ni a los amigos, ni al perro. Seamos sensatos y no incluyamos aquellos objetos que pretenden poseernos. Tampoco aquellos por los que debamos pagar al Estado, cualquier día pueden desaparecer e incluso sobrevivir a nosotros como entes fiscales (¡y esto da algo de yuyu!). Queden fuera, dios mediante, todas aquellas cosas que nos llevaríamos a esa estúpida isla desierta que ninguno hemos visto; y la exclusión es imperativo de salud mental. A estas alturas, descubro que hay pocas posibilidades de meter nada en este metro cuadrado y decido hacerle la pregunta al buscador: la respuesta parece ser esta: la dignidad no se puede medir en metros cuadrados. A lo cual concluyo que meter la dignidad (la mía) en un metro cuadrado es de lo más estúpido.
Su corazón había nacido desencajado en el pecho y a fuerza de puntapiés volvió a lo más hondo de torso. Su torso desnudo dejaba vislumbrar una piel cuasi transparente que albergaba el propósito de huir lo más lejos posible. Su piel surcaba, año tras año, caminos imposibles hasta su rostro. Sus ojos nacieron atorados e hinchados y amenazaban continuamente con saltar al vacío. Al examinar el cuerpo nadie supo cómo había muerto.